Te busco en mitad de un desierto de luz, anidando esas miradas que sólo saben regalar tus ojos. Te espero cada día y cada noche para que abrigues mis sueños con tu ternura, para que encierres entre tus brazos este cuerpo que sólo desea el calor de tu cuerpo.
Escondo en mi ropa el olor de una mañana de sol perdida en la sal de mi soledad, manteniendo vivas en mi recuerdo esas palabras no dichas cuando el alma anhelaba. Bebo tu ausencia como el trago más dulce que mis labios probaron, sin terminar de entender la distancia que me separa de ti.
El deseo se me escapa por cada poro de mi piel, percibiendo tu tacto en cada brisa de aire que osa rozarme. La vida se me escapa por los ojos, y grito al viento en un llanto ahogado y silencioso lo que mi boca no es capaz de asumir.
Mis latidos siguen el ritmo de las cuerdas de tu música, y mis manos acarician el cristal de tu imagen. Casi sin darme cuenta, me adentro cada noche en un mundo de maleza y oscuridad, persiguiendo tu sombra entre versos por terminar.
Tu boca que toca la poca razón que me queda, me rompe y corrompe neuronas corrientes.
A golpes de beso el peso de eso que oculta tu pecho se posa en mi alma, que calma tu espalda con manos de trapo.
Y beso tus ojos, y extiendo mis brazos, y abrazo tu cuerpo queriendo abrigar amar colmar tu vida con vida, mi vida, latiendo con fuerza, queriendo soñar.
Y lamo tu espalda, y beso tus hombros, y escondo mis ojos detrás de tu luz.
Acaricio tu vientre, beso tus sienes, pellizco tus piernas queriendo jugar.
Tiempo pasado en círculos fue.
Hoy recorremos caminos y sendas queriendo ser aves, panteras, pareja de héroes con fuerza con fe.
Hoy nos queremos bebemos lamemos, hoy nos amamos con toda la piel.
Hoy mis caricias no están perdidas, tienen un cuerpo, tu cuerpo, que recorrer.
Cada día, las fuerzas van adquiriendo un color sepia más pronunciado. A cada hora, las imágenes se difuminan más, y las fuerzas, mermadas, no dan para quemar los últimos barcos.
La derrota no es una opción apetecible, mas no sé hacerlo de otro modo.
Convertirlo todo en cenizas para renacer a un nuevo día, quizás sea la opción más plausible.
Renunciar a la urgencia, doblegar el deseo asumiendo las cuentas ajenas, y tragar mis palabras antes de que vuelen libres.
Para que todo sea diferente, dejaré de ser lo que hoy soy.
Confío al destino mis pasos, sin pararme a pensar en las consecuencias de mi rendición. Delego toda voluntad innata a los designios de la piel, y el camino se va abriendo paso por lugares inhóspitos y miradas vacías. Me abandono a las inclemencias, y actúo de manera mecánica, cediendo a todo y a todos, buscando fluir a través de las manos de otros.
Mi cuerpo ya no opone resistencia, y mi mente duerme cuando yo abro los ojos. Los motivos son los mismos que una vez me llevaron al extremo de la existencia, sin calcular los inconvenientes de una segunda oportunidad. Lo vivo con la misma intensidad y la misma (ausencia de) consciencia.
Pongo el alma por delante y, por segunda vez, confío en lo etéreo, lo mágico, lo inexplicable. Pongo el alma por delante y sin coraza, anhelando llegar, en esta ocasión, a la luz.
Cóncavas miradas de lechuza en celo cruzando la frontera de mi mundo. La noche juega al escondite con la razón y la copa se convierte en aliada de las manos, cómplices todas de las ganas de vivir.
Frío que sube desde el suelo hasta calar mis huesos, ojos que dan besos y labios que dan sed. Agua que no corre y lleva los instintos, esquinas de tus calles dando sombra al desvelo, música en silencio, de frente a la pared...
... y el desorden quebrando penas.
... y las penas que lloré ayer.
Y tú, y tu mirada, y tú acariciando mi pelo, y el consuelo de un nuevo amanecer...
Tantas confesiones en la memoria, y nunca aprendo. Quizás el error esté en el planteamiento, o en la simplicidad de las mismas. El que quiera entender, que entienda.
Ya no me esfuerzo como antes en maquillar la trama. Me dejo llevar en un solo acto desde el principio hasta el final, intentando apostarme de frente y ante todo, sin ensayar guiones ni compromiso de permanencia en la sala. Si hay que morir, que sea a lo grande.
Y el mundo, mientras tanto, sigue sin comprender que a veces puede ocurrir, que hasta el más pintado pierde batallas. Que nadie está libre de pecado. Que si un día reviento de dolor y de miedo, no será sin haberlo avisado. Y que, aunque no existen culpables, tampoco existen inocentes.
Borré todo lo que había escrito hasta ese momento, nada de lo que allí había me servía. Le dí muchas vueltas, cambié unas palabras por otras, busqué sinónimos y antónimos, sustituí frases enteras, parafraseé, pero nada era lo suficientemente bueno. Cerraba los ojos mientras escribía para viajar hasta aquel día, intenté ponerme en mi piel pasada, sentir lo mismo que entonces, pero por más esfuerzos que hacía, mi mente estaba bloqueada, vacía, como si todo lo que había ocurrido en realidad no perteneciera a mi vida. Sé que en algún momento me pasó, sé que fui yo la que sufrió, la que lloró, mas nada de todo aquello volvía a mí. Tanto significó para mí, tanta oscuridad me costó seguir adelante, olvidarlo, que ahora, efectivamente, me era imposible recuperar el recuerdo.
Tras un par de horas me rendí. Decidí tomarme un respiro y dejar que mi mente se relajara, que repusiera fuerzas para comprobar si era cierto que el inconsciente tenía la capacidad de traer aquello que la consciencia oculta. Fui a la cocina a por un vaso y busqué por los muebles, recordaba haber comprado una botella de whisky, pero no recordaba dónde la había puesto. Hacía tiempo que no probaba el whisky; de hecho, ya no lo soportaba, sólo su olor me provocaba arcadas, pero su sabor era una de las pocas cosas que podía conducirme de nuevo a aquella etapa de mi vida. Encontré la botella detrás de un par de paquetes de galletas. Lo abrí y me serví más de medio vaso, sólo con hielo. Le dí un sorbo y no pude evitar una mueca de asco y retorcerme para evitar vomitarlo todo. Para disimular un poco el alcohol me encendí un cigarro, y para terminar de prepararlo todo, busqué un disco de jazz, me servía cualquier cosa, Eddie Harris, Miles Davis,Charlie Parker o Freddie Keppard. Sentía la necesidad de crearme un ambiente, uno parecido al que rodeaba mi vida en aquellos tiempos. Volví a cerrar los ojos cuando la música empezó a sonar, y me dejé llevar.
Empecé por imaginarme mi casa, aquel primer día en la ciudad, el vértigo mezclado con la ilusión, las ganas de empezar de nuevo, la esperanza. Recorrí cada una de las habitaciones de mi primera casa, la soledad impregnando el aire, todo en un silencio de esos que preceden al gran momento. Después continué haciendo un repaso por todas las caras que fui capaz de recordar, los gestos y ademanes propios de cada persona que, en aquella época, pasó por mi vida, sus timbres de voz, intenté reconstruir los lazos que los unían a mí, qué tipo de relaciones teníamos. El olor del metro, las noches confusas, la ausencia. Comencé a revivir los abandonos, las distancias, la entrega sin medida. El pulso se me aceleraba por momentos. Me serví otro whisky y encendí otro cigarro. Volvieron a mí la ebriedad y la noche, la vergüenza y el castigo.
Mientras daba vueltas por la habitación como una fiera encerrada choqué contra una silla y caí al suelo. Abrí los ojos de golpe y me di cuenta de que estaba llorando, que tanto esfuerzo había dado resultado. El pasado había vuelto de la forma más violenta. Fue cuando abrí los ojos cuando lo vi todo, fue entonces cuando la crueldad tomó forma para terminar de convencerme de que aquello seguía dentro de mí, en el rincón más oscuro de mi ser. Me levanté como pude y volví a sentarme frente al ordenador. Las palabras fluyeron al mismo tiempo que las lágrimas, la repulsión y el odio.
Después de dos horas mi trabajo había terminado. Imprimí lo escrito y lo metí en un sobre. Escribí fuera del mismo mi nombre completo y la fecha. Entonces, sólo después de haber apagado el ordenador, haber puesto el sobre encima de la mesa del salón y haber recogido todo, pude coger mis maletas y bajar a la calle. Paré un taxi y le pedí que me llevara a la estación.
Ahora no me siento culpable por no mirar atrás al marcharme, no me siento culpable por abandonar de nuevo. Una vez me lo quitaron todo, cortaron el camino que debía seguir. Muchas veces he abandonado ya, y nunca pedí perdón. Sin embargo, hoy, después de mucho tiempo, recuerdo aquella rendición, aquella partida, aquel abandono, y me hace feliz saber que al menos, en aquella ocasión, tú, mereciste que te contara toda la verdad.
El cigarro se consume en el cenicero, lento, sabiéndose mi único compañero en la noche. Todo mi universo hecho de humo, difuso, irreal. Hago garabatos en el papel con ebria soltura, y miro por la ventana la oscura realidad de la noche.
Difunto el primero enciendo el segundo cigarro mientras sigo buscando palabras que te dañen, que te llamen, que te hagan volver. El camión de la basura distrae mis recuerdos, y en el cajón de mi mesa el mismo desorden que ayer. Aunque es fácil confesar desde la distancia, tu ausencia despierta en mí la vergüenza y la derrota, y asumo tu silencio con estudiada resignación. El humo asciende en insinuantes curvas, evocándome noches contigo a solas. Cierro los ojos y, por un instante, vuelve tu imagen, tu aroma, tu respiración acompasada con la mía, mientras sola agoniza la colilla cual imagen mía reflejada en el cenicero. Te quiero Pronombre y verbo como única concesión de las musas.
Enciendo el tercero. Corren las horas y mi mente viaja más allá del lenguaje, más allá del presente, más alla de tu imagen. Te quiero Gramática pobre para un mundo complejo. Te quiero Esperanza escudada en un pronombre y un verbo. Te quiero Y mi vida pendiendo de un pronombre y un verbo.
jueves, febrero 12, 2009
Cuesta encajar los golpes. Es doloroso caer en la cuenta, de repente, de que nada es lo que parece. La gente no cambia y el pasado, superado o no, siempre vuelve si de verdad caló en la piel de uno. Mientras, los que somos daños colaterales, como suele decirse, caemos derrotados sin que a nadie parezca importarle.
La ceguera provoca verdaderos quistes en el alma, extendiéndose la enfermedad por todas partes. La inseguridad, por su parte, después de saberse uno ultrajado, va tomando espacio en nuestro mundo, y todo termina convirtiéndose en sombras y oscuridad.
Cuánta metafísica en el alcohol y la autodestrucción. Cuánta poesía en el abandono.
Literatura épica en que se convierte la realidad, o quizás al revés, cuando lo que teníamos por seguro y permanente muestra su verdadera cara.
Nunca estaremos a salvo de aquello que nos protege.
La cura a veces está tan cerca, que una mirada atenta puede distinguir, siquiera, el reflejo del camino a seguir.
Y cuánta soledad entretanto, y cuántas palabras perdidas entretanto... Palabras, caricias, besos, miradas. abrazos, canciones, poemas, huidas, y también rechazos.
La cura, a veces, es tan simple, que su blancura nos ciega; presos de la oscuridad nos confunde y nos miente.
Y entretanto, al mismo tiempo que vamos perdiendo, vamos ganando, y el recuerdo de aquello que no tuvimos, al menos, queda grabado detenido en el tiempo, siempre joven, eterno.
Y mientras ganamos y perdemos, entre tanto, tengo en el recuerdo mi imagen, limpia y pura, y tu imagen, clara y transparente.
Y entonces, entretanto, siempre hay besos, y caricias, y miradas, y abrazos.
Y entretanto, lo que ya perdí, quiero pensar que siempre lo estoy ganando.
Cuando vives condicionada por agujas, cuando el optimismo es pensar que podrías estar peor, el suelo se convierte en la niebla de una mañana de invierno.
Yo, que tanto he vivido, que tanto he arriesgado, y que de tantas cosas me arrepiento, sé, sin posibilidad alguna de equivocarme, que nada vale llegado el momento.
No pocas personas hablan de algún otro punto de vista, de mirar no sé de qué lado, y yo, que soy poco dada a la lástima, cierro los ojos y me pongo por un momento en su lugar, y lloro. Cuán feliz y desdichada a la vez es la vida ajena a la realidad violenta y cruel.
sábado, noviembre 29, 2008
Mientras va pasando el tiempo, apenas tenemos tiempo de pararnos a pensar que va pasando. Volamos rumbo fijo a nuestro destino, a aquello que ansiamos y soñamos, lo que nos mueve. Y entretanto, él y ella van quedando atrás, espectadores de nuestra vida, cómplices de los primeros años, guardianes distantes de los que vienen detrás, y amigos desde que empezamos a comprenderlos. Pero, en mitad de todo ese proceso, hay un tiempo en que los olvidamos, y es justo en ese período cuando se produce la transformación, cuando dejan de ser lo que eran y comienzan a esperar. Esperan nuestra visita, esperan que nos acordemos, esperan un momento para él y para ella, esperan a que podamos, nos esperan.
Al principio, él y ella nos sostienen, nos dan la mano en nuestros primeros pasos. Nos cuentan y dicen todo lo que saben, como apurando los últimos segundos en el andén antes de que salga el tren. Luego, nos vamos alejando de a poco, sin darnos cuenta. Les discutimos, los negamos, los evitamos. Y ellos, tiernamente, nos sonríen con la complicidad del que ya volvió.
Y qué bello nos resulta levantar el vuelo, salir, buscar, experimentar. No comer y no dormir como sacrificios livianos para la libertad. Una rutina que cobra sentido porque, de ese modo, construimos una individualidad fuerte y segura. También ellos, él y ella, están ahí mientras tanto, observando todo desde un pequeño agujerito, preparados por si, en algún momento, han de salir en nuestro auxilio.
La rutina se alarga, se eterniza, y nosotros continuamos luchando día tras día. Ellos, que son más listos que nosotros, que ya vivieron lo que nosotros, aceptan con estoica resignación que llegó el momento, se sienten satisfechos porque, lo que comenzó con pasos inseguros, alcanzó el vuelo adulto, lo que significa que ellos, que ya no son los de antes, sólo tienen que esperar. Esperar nuestra visita, esperar a que nos acordemos, esperar el momento de él y de ella, esperar a que podamos, esperarnos.
No nos damos cuenta, pero, cuando regresamos, cuando podemos regresar, ya es tarde, y ellos ya son otros. Cuando regresamos, recordamos aquellos días en que nos agarraban la mano para ponernos en pie, recordamos cuando nos decían que, algún día, nos acordaríamos de aquellos días. Entonces, sólo entonces, cuando empiezan a esperar, cuando ves que no hay vuelta atrás, es cuando empezamos a comprenderlos.
Y si flagelara al mundo hasta que me confesara la verdad, y si lo obligara a entregarme el secreto, ¿realmente saciaría este espíritu inquieto y decadente que sobrevive de la ira más vieja del mundo?
El deambular sonámbula por esta noche eterna me ofrece la visión más diáfana de lo ajeno, recayendo una sombra infinita sobre mí misma. En la delgada línea de un acantilado, cuyo fondo ni siquiera se imagina, ando de puntillas dudando entre seguir adelante o buscar la profundidad de lo incierto, probar a dejarme acunar, como Alicia cayendo por el agujero, dejando libre mis latidos a cambio de un segundo de cordura.
La violenta ternura de tus ojos felinos, razón primera de mi agónica locura, alimenta la vida en mi lúgubre cuerpo. La comparación evidente ahoga la luz de mi mirada, que de forma inconsciente, confidente y secreta, conoce la verdad última. Nadie sospecha la sombra de la realidad mostrada, ni siquiera sospecha la futilidad de la máscara. Nada de dudas, nada de preguntas, nada que haga temblar los cimientos de una identidad creada. Nada de verdades, nada de revelaciones, sólo el equilibrio de lo propio y lo ajeno.
Conozco los límites de los cuerpos y la estrechez de la confianza, por eso callo lo que me fue, en silencio, mostrado. Miro y, tras ver, aprieto los dientes para retener la ira.
En la noche, la sinceridad me traspasa los párpados, y la piel se deja llevar por los anhelos. Al despertar, la mirada se torna siniestra, y al volver a cruzarse con la frontera de lo imposible, se esconde en las profundidades del deseo, volviendo a vestirse la máscara de los acentos extraños.
No sabía dónde estaba parada. Si acaso lo hubiese sabido, emprender de nuevo el camino no habría sido difícil. Pero no lo sabía, y por más que miraba alrededor, en ningún momento ví una señal que me diera la más mínima pista acerca de mi paradero. Después de girar sobre mí misma, mirar hacia arriba y hacia abajo, cerrar los ojos y reabrirlos, llorar y gritar, dormir y despertar mil veces, empecé a darme cuenta de dónde estaba. Me encontraba en medio de la Nada, entre lo Absurdo y lo Perecedero, más allá de la Soledad y de la Angustia. Había cruzado la frontera de la Tristeza y la Resignación, y ni siquiera alcanzaba ya a divisar la Derrota. Entonces miré hacia adentro, y sólo entonces, cuando olvidé lo que me rodeaba, vislumbré una pequeña luz marcando el camino.