
De niña, mi casa era grande.
Ahora,
cada paso me hace chocar con una pared,
y sangro.
La ventana estaba ya allí.
Simple.
El cristal se aparecía frente a mí
como un ritual de transición
a la cordura.
Inerte.
Cargado de significado.
Los rayos del sol,
limpios,
llegaban a mí directos,
respondiéndome en silencio.
Volví al rincón,
a refugiarme en la oscuridad,
allá donde la inmensidad de lo desconocido
y lo mundano
quedaran
fuera de mí.